La tercera y cuarta Noble Verdad de Buda

Tanto el contenido de la primera como la segunda noble verdad se asemeja al hacer de un pintor realista: en su exposición de la realidad, lo que pretende Buda es plasmar una versión verosímil y fiable de los hechos, libre de alteraciones —obviando el hecho de que toda transmisión es una adulteración. Si bien la segunda y noble verdad tienen un carácter meramente descriptivo, serán el tercer y cuarto aspecto de la enseñanza los que adquirirán una connotación prescriptiva.

Así, la tercera Noble Verdad asevera la posibilidad de extinguir el sufrimiento, lo que implica arrancar su raíz: la ignorancia. Y, tal y como explica Bhikkhu Bodhi, si la ignorancia es un estado en el que “no se conocen las cosas tal y como son, lo necesario es un conocimiento de las cosas tal y como son realmente”. Este conocimiento, sin embargo, no es conceptual, sino perceptual: un conocer que también implica ver o aprehender. Un conocimiento que es, en realidad, sabiduría (pañña). Veamos ahora sobre qué tipo de sabiduría estamos hablando y qué pasos hay que seguir para alcanzarla:

Como conocimiento indubitable de la naturaleza última de las cosas, la sabiduría no puede obtenerse mediante el mero aprendizaje, reuniendo y acumulando una batería de hechos. Por el contrario, dice el Buda, la sabiduría puede ser cultivada. Surge a través de un conjunto de condiciones, condiciones que tenemos el poder de desarrollar. Estas condiciones son en realidad factores mentales, componentes de la conciencia, que se unen en una estructura sistemática que se puede llamar un camino en el significado esencial de la palabra: una ruta para el movimiento que conduce a un objetivo. El objetivo aquí es el final del sufrimiento, y el camino que conduce a él es el Noble Óctuple Sendero con sus ocho factores: visión correcta, intención correcta, habla correcta, acción correcta, forma de vida correcta, esfuerzo correcto, atención correcta, y la concentración correcta.

El noble óctuple sendero

En la cuarta noble verdad Buda expone el camino a seguir para eliminar el sufrimiento y arrancar la ignorancia de raíz. La ignorancia, lejos de ser un factor complejo y denso se resume, en realidad, en la idea Trungpa según la cual nunca queremos estar simplemente donde estamos ni ser simplemente lo que somos”. De ahí que en el budismo el despertar se describa como un darse cuenta: quien extirpa la raíz se da cuenta de que jamás ha habido raíz que extirpar… pero no nos adelantemos todavía.

Como bien remarca Bhikkhu Bodhi, la propuesta del Buda afirma poder liberar a los seres del sufrimiento mediante una práctica, un camino para acabar con la insatisfacción. El camino en cuestión, que es en realidad una de las vértebras de la enseñanza budista, es el Óctuple Noble Sendero (ariya atthangika magga). En palabras del monje theravada: “fue el descubrimiento del camino lo que dio a la propia iluminación del Buda un significado universal y lo elevó del estado de maestro sabio y benevolente al de maestro universal”.

Según Bhikkhu Bodhi, la enseñanza budista puede resumirse en dos grandes principios: las Cuatro Nobles Verdades y el Óctuple Noble Sendero, siendo el primero el aspecto que cubre la doctrina y que implica como respuesta la comprensión, y siendo la segunda el elemento que cubre la disciplina y que tiene, como respuesta, la práctica: “Estos dos principios suman una unidad indivisible llamada dhamma-vinaya, la doctrina-y-disciplina, o, resumidamente, el Dharma”. En realidad, las tres primeras nobles verdades incluyen a la cuarta y la cuarta a las otras tres, ya que la visión correcta (primer aspecto del óctuple noble sendero) es la asunción de las cuatro nobles verdades. Y, según el monje theravada, entre las dos propuestas, la superior es la del Noble Óctuple Camino ya que es lo que encarna las enseñanzas: “el dharma (…) pasa de ser una colección de fórmulas abstractas a una revelación que se despliega continuamente en la verdad”.

Tal y como hemos dicho anteriormente, el camino de las ocho divisiones se expone con el siguiente orden: 1) visión justa; 2) intención justa; 3) palabra justa; 4) disciplina justa; 5) modo de vida justo; 6) esfuerzo justo; 7) atención justa; 8) samadhi justo. La exposición en sí ya supone un problema porque, si bien se explican en este orden, al mismo tiempo los ocho factores no pueden seguirse secuencialmente. Lo idóneo es que los ocho elementos se den de forma simultánea. Ahora bien, como señala Bhikkhu Bodhi, para ello hay que seguir una progresión (Bhikkhu Bodhi 1999: 12). Bhikkhu Bodhi recoge la clasificación de Buddhaghosa de los ocho pasos en tres grupos (Buswell 2003: 296):

La disciplina moral (silakkhandha), formada por “recta palabra, recta acción, recto modo de vida”; la concentración meditativa (samadhikkhandha), formada por el recto esfuerzo, recta atención plena y recta concentración/absorción meditativa; y el grupo de la sabiduría (paññakkhandha), formado por la recta visión y la recta intención. Estos tres grupos representan tres etapas de entrenamiento: el entrenamiento en la disciplina moral superior, el entrenamiento en la conciencia superior y el entrenamiento en la sabiduría superior.

También podemos atender a la explicación de Maitreya en Diferenciando el medio de los extremos (Madhyantavibhanga) en la que la clasificación se hace en cuatro ramas para el entrenamiento de los aryas: “la rama que corta completamente (tib. yong- su gcod-pa’i yan-lag); la rama que aporta comprensión (go-bar byed-pa’i yan-lag); las ramas que generan confianza en los demás (gzhan yid-ches-par byed-pa’i yan-lag) y las ramas que sirven como antídotos (gnyen-po’i yan-lag)”.

Esta entrada es la continuación de un artículo que forma parte de una serie de entregas de algunos de los trabajos de final de curso de estudiantes del Curso de Meditación de Casa Virupa.

Bibliografía:

BERZIN, ALEXANDER (s.f.). “The Eightfold Noble Path”. Study Buddhism. Disponible en línea: https://studybuddhism.com/en/advanced-studies/lam-rim/the- five-paths/the-eightfold-noble-path

Bhikkhu Bodhi (1999) The Noble Eightfold Path. The way to the end of suffering. Buddhist Publication Society. Disponible en línea: http://www.buddhanet.net/pdf_file/noble8path6.pdf

CANTO-SPERBER, M. (coord) ET AL (2001). Dicctionaire d’éthique et de philosophie morale. PUF: Paris.

COOMARASWAMY, A (1989). Buddha y el evangelio del budismo. Editorial Paidós: Barcelona.

TRUNGPA RINPOCHÉ, CHÖGYAM (2011) El mito de la libertad. Editorial Kairós: Barcelona

Resistencia desde la cocina: cuando comer sin generar sufrimiento es la opción más obvia y deliciosa

El primer libro con autoría de Casa Virupa no podía ser previsible. No sabemos cómo se hace esto de amoldarse a nuestros tiempos líquidos e hiper productivos siendo un centro de retiros y meditación millennial. No sabemos cómo una persona con privilegios puede considerarse amante de los animales y de la tierra y no ser vegana. Tampoco sabemos cómo se hace eso de comer vegano y aburrido: simplemente, en nuestra casa eso no pasa. Tampoco sabemos cómo se habla de Dharma únicamente en una sala de meditación ni cómo la práctica espiritual no se inmiscuye en los gestos cotidianos: en cómo nos relacionamos con las demás, en cómo consumimos, dónde trabajamos. Por estas razones nuestro primer libro no podía ser previsible y presenta gran parte de nuestras pasiones, inquietudes y compromisos.


Resistencia desde la cocina aúna las recetas veganas más habituales, deliciosas y celebradas de nuestra comunidad. Pero no es solo un recetario: incluye una charla con el maestro residente de Casa Virupa, Lama Norbu, en la que habla sobre la apuesta por la vida en comunidad; la relación entre el budismo y el activismo social; la oportunidad de hacer del cultivo de un huerto una experiencia para integrar la transitoriedad o la importancia de adquirir consciencia del sufrimiento que generan nuestras vidas en otros seres. Una charla amena e interesante que representa la forma de hablar de espiritualidad tan propia de Lama Norbu: cercana, libre de tabúes y cruda. Y es que, tal y como decimos en el manifiesto, este libro es una declaración de obviedades y un compromiso con la vida, con lo de siempre. Es también una carta de amor al hedonismo, una defensa del placer de hablar de comida mientras se come. Una reivindicación de las sobremesas eternas y de querernos sibaritas en el estómago y en nuestros valores. Nada nuevo bajo este sol.

Además, y dada la importancia de los objetos en la tradición que practicamos, quisimos cuidar especialmente la estética del libro. Por eso contamos con el diseño editorial del estudio Vera Tamayo, las fotografías de Marc Castellvi (Abuela Studio), la impresión excelente de Nova Era Publicaciones y las originales ilustraciones de Guillem Arderius. Así que no solo se trata de un libro en el que hay recetas deliciosas; también se trata de un libro-objeto con mucho valor estético.

El libro se puede adquirir ya por nuestra web para recibirlo en casa en un visto y no visto, y así para empezar a disfrutar sin demora de las mejores recetas veganas. Porque no nos cansaremos de decirlo: comer bien, buenísimo, superior y sin generar sufrimiento no solo es sencillo y fácil: es radicalmente necesario.



Vivir como una bestia, un demonio, un espíritu y un hombre en un día

Los 6 reinos de existencia

Chogyam Trunga Rinpoche fue un ejemplo clarísimo de intrepidez: a él le debemos una visión del Dharma cruda, fresca, viva, que si no fuera por la sabiduría y medios hábiles de un gran maestro como él, difícilmente hubiera llegado a nuestras manos y forma de entender el Dharma. Además, supongo que algo bueno habremos hecho en otras vidas porque, si bien no podemos tener a Trunga Rinpoche en vivo, Lama Norbu es un excelente médium de la visión y práctica trungpiana.

La visión de los seis reinos de existencia en el budismo según Chögyam Trungpa

El tema que escogí es el de los seis reinos de existencia, pues creo que la perspectiva de Trungpa Rinpoche es fascinante por lo esclarecedora que resulta y porque nuestro sesgo materialista descansa más cómodamente en esta explicación de los seis reinos que las más tradicionales. Aun así, al final intentaré justificar por qué la visión ortodoxa de los seis reinos es absolutamente útil y necesaria.

Los seis reinos de existencia budistas
Representación de la rueda de la vida en una thangka tibetana

Trungpa Rinpoche empieza señalando que los seis mundos se dan porque “nos instalamos en una versión particular de la realidad”. Así, nuestra necesidad de fijar aquello que conocemos y que nos resulta familiar desemboca en que acabemos aprisionados entre las paredes de nuestras neurosis e inseguridades, en vez de abrirnos al espacio despierto. Nuestra intolerancia a la certeza de la incerteza nos maniata al sufrimiento y la confusión. Desde esta perspectiva es cómo Trungpa Rinpoche hablará de los seis reinos de existencia: el de los dioses, el de los dioses celosos, el de los humanos, el de los animales, el de los fantasmas hambrientos y el de los infiernos. Para el maestro, no son planos exclusivos de un tipo de seres, sino que un individuo puede transitar todos los reinos de existencia en un solo día, en tanto que representan actitudes mentales.

El reino de los dioses es aquel que tiene como principio básico la fijación mental, literalmente: “una abstracción meditativa basada en el ego, en el materialismo espiritual”. Según mi punto de vista, Trungpa se refiere a este estado de dos formas: como un obstáculo en el camino espiritual propio de los practicantes más avanzados, y como el estado mental de aquellos que, aun sin haberse adentrado en el camino espiritual, se distraen con lujos, placeres, bonanza, etc., y no emplean su tiempo de vida en practicar.

En cuanto al primer tipo de individuos, describe su proceso a partir de distintas formas de fijar la experiencia y el desarrollo espiritual. Por una parte, el practicante corre el riesgo de apegarse a los frutos de la práctica. Para mí tiene cierto paralelismo con el prerrequisito para la práctica de samatha de “descartar el ajetreo de muchos proyectos”. A la vez, también lo explica como apegarse a una técnica o práctica en sí. En último lugar, también parece apuntar a estancarse en un estadio de realización profundo, pero no último.

En cuanto al segundo tipo de individuos, Trungpa Rinpoche habla de aquellos que quedan deslumbrados por una vida hedonista, abocada al placer, tremendamente confortable, que viven como si el tiempo no pasara para ellos. Cada nuevo paso por la vida es una aventura, una oportunidad para entretenerse.

Tanto los individuos que he descrito antes como los que acabo de referirme, si bien tiene una existencia bastante tranquila y relajada, sufren porque, como dice Trungpa Rinpoche, “el dolor proviene de la desilusión final”. Estos individuos se dan cuenta, más tarde que temprano, que ninguno de los estados adquiridos o disfrutados permanecerá. Entonces una cierta sensación de desamparo, de timo, inunda a estos seres.

Los seis reinos de existencia budistas
Representación atípica de una rueda de la vida, más afín a la presentada por Trungpa Rinpoche

El segundo reino es de los dioses celosos o los asuras; según Trungpa Rinpoche, en este plano lo que abunda es la paranoia. Interpreto la explicación del maestro como una actitud de desconfianza perenne hacia los demás, pues todos pueden convertirse en rivales de forma potencial -si es que no lo son ya, según el asura. Es también el terreno propio de los intelectuales arrogantes, que se vanaglorian por los universos conceptuales que habitan y que tan solo ellos pueden descifrar, sin darse cuenta de que son tan frágiles como un castillo de naipes. En realidad, desearían el confort y la indiferencia de los dioses, pero un malestar perenne, un no quererse como se es, la sospecha de sí y de los demás, les mantienen insomnes.

En cuanto al mundo de los animales, el maestro define el tono de este ámbito con la estupidez y, más específicamente, la ceguera que se da cuando uno “persigue tozudamente objetivos determinados”, sin ningún tipo de flexibilidad, es decir, de sentido del humor. Además, hay cierto sentido de aborregamiento, de seguir lo que sea que nos propongan sin calibrar los daños que podamos ocasionar. Básicamente, es la incapacidad de empatizar, de ver más allá de nuestro punto de vista. Me imagino una araña incapaz de saber qué siente un ciervo, o como un hipopótamo enorme y torpe que apisona ahí por donde pasa.

En cuanto a los pretas o el mundo de los fantasmas hambrientos, el principio que lo define es el de la pobreza: uno mismo es un agujero insaciable, en el que nada satisface plenamente, y ansiamos constantemente aquello que no poseemos. Es una mentalidad voraz, que arrasa con lo que se presente; también consumista y materialista: siempre necesita tragarse algo, ya sea espiritual, intelectual, sensual, etc., y que quede constancia de ese gesto. El preta nunca tiene suficiente, es la definición clara de aquella metáfora budista según la cual una persona sedienta cree que solventará su sufrimiento bebiendo de un vaso de agua salada. En este sentido, el fantasma hambriento puede entenderse tanto como el sentimiento de pobreza espiritual del que habla Trunga Rinpoche en más de una ocasión.

Los seis reinos de existencia budistas
Chogyam Trungpa Rinpoche

Por último, el maestro habla del mundo de los infiernos, donde lo que predomina es la agresión. Es un estado mental de absoluta enajenación: imagino una persona que, intentando alcanzar la miel de un enjambre, intenta ahora zafarse del enjambre de abejas enfurecidas que lo están atacando: ¿quién agrede a quién? Al individuo del mundo de los infiernos le acompaña una sensación de agresión constante, en la que cada gesto que se activa para paliar la sensación de ofensa implica agredir al otro o magnifica la sensación de estar siendo atacado por los demás.

Es un mundo relacional, siempre se da en interacción con los demás, aunque estos estén simplemente en nuestra cabeza. Sin embargo, en cierto punto, uno se da cuenta de que no había un otro que ofendiera: nos encontramos de pleno con nuestra propia agresión agrediéndonos a nosotros mismos. Ahí una especie de escalofrío existencial nos invade, pero tan solo sabemos abandonar esta desagradable sensación volviendo a activar el odio.

Esta es la perspectiva de Trungpa Rinpoche acerca de los seis reinos, que resulta muy parecida a la que expone Dzongsar Khyentse Rinpoche en Vivir es morir. En la descripción de Khyentse, se habla por ejemplo de los infiernos como pasear por un jardín de rosas y percibirlo como un terreno de arbustos espinosos; de los pretas como un ricachón incapaz de invitar a una cena; de los animales como el tipo de persona incapaz de darse cuenta qué sucede más allá de sus narices, que carecen de empatía, y que celebra su insensibilidad: no se sienten mínimamente afectados porque estén hirviendo una langosta en el agua para nuestra comida; habla de los asuras como de la persona perennemente celosa y crítica con los que tengan cosas mejores que él o ella misma; y del reino de los dioses marcado por el tono del orgullo y la soberbia de quien se cree eternamente acomodado.

Vivir es morir, de Khyentse Rinpoche

Sin embargo, Dzgonsar Khyentse Rinpoche distingue claramente el reino de los humanos, como se hace tradicionalmente, cosa que no hace Trungpa Rinpoche. Creo que el kagyupa presenta los reinos de existencia desde esta perspectiva para enfatizar que todos los reinos son transitados por los humanos, mientras que Khyentse Rinpoche emplea su descripción para hablar específicamente del mundo de los humanos pues resulta el óptimo para la práctica espiritual: ni tan cegados por los placeres ni ofuscados por el sufrimiento como para no comprometernos con el Dharma.

Ahora bien, ambas perspectivas chocan con la tradicional; algunos de nosotros ya la conocemos por La Triple Visión, aunque también se puede acceder a ella en el Libro tibetano de la muerte. Desde una perspectiva más ortodoxa, estos mundos se describen no a título psicológico, sino ontológico: son planos que coexisten junto con el nuestro. Las descripciones de cada uno de los reinos son muy pormenorizadas, y para el occidental escéptico rozan la fantasía: por ejemplo, los pretas se describen como una especie de ente hambriento, con un cuello pequeñísimo y un estómago gigante, por el que todo lo que se consume se extravía. En el infierno, ya sea el helado o el caliente, se detallan distintos tipos de sufrimiento y dolores atroces, con nomenclaturas concretas, incluso: como por ejemplo, el Infierno helado de “brrrr”.

Claro que para los budistas lo ontológico, es decir, lo que es, el mundo del ser, y lo psicológico, esencialmente, no presentan ninguna distancia. Recuerdo que una vez S.S. Gongma Trichen hablaba en unas enseñanzas de los infiernos y señaló que muchas personas escuchan de forma incrédula estos relatos, como si se tratara de un mero ejercicio imaginativo; estas mismas personas, sin embargo, caían en las garras de sus propios sueños y de su vigilia, creyendo que todo lo que sucedía era igualmente real y sólido. Creo que tiene sentido señalar que lo mejor que nos podría pasar es que creyéramos a pies juntillas la propuesta tradicional, pues precisamente de lo que adolecemos la mayoría es de la capacidad de tomarnos en serio la urgencia de practicar. Hay algo del miedo a la furia y al castigo de Dios del medievo que es imprescindible en tiempos de escepticismo espiritual.

Así, si uno atiende a una explicación ortodoxa sobre los reinos de existencia y duda suficientemente de su criterio -es decir, se ha expuesto a la falibilidad de sus proyecciones y ha entendido, aunque sea mínimamente, la tendencia a reificar de nuestra mente-, puede utilizarla para desarrollar renuncia. De hecho, este es el propósito de este tipo de enseñanzas, ya sean trungpianas u ortodoxas: que aborrezcamos hasta el horror los estados mentales que transitamos que, sin ningún tipo de entreno ni control mental, pueden convertirse en experiencias tan vívidas como la tierra que creemos estar pisando ahora mismo.

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Este breve artículo es de una estudiante del Grupo de Estudios Budistas de Casa Virupa. Forma parte de una presentación que Lama Norbu encomendó a los estudiantes sobre algún tema de la obra El mito de la libertad.

Dejar que el aire nos respire:

el misterio de la relajación en el desarrollo espiritual

Recuerdo perfectamente la primera instrucción que recibí respecto a la necesidad de relajarse antes de emprender, pensar, abordar, cualquier cosa que valiera el esfuerzo. Pocos meses después de toparme con el budismo, un día, de forma desordenada y abstracta lo sometí a una incesante alud de preguntas críticas sobre esta tradición, lo compararé con las preocupaciones de la filosofía occidental contemporánea y, sobre todo, lo enfrenté con las exigencias sociales de un mundo roto. Y al acabar, reté al practicante budista más honesto que he conocido hasta la fecha con un ansioso “¿Y, entonces qué? ¿Qué propone, el budismo?” Y él, con una sonrisa ligeramente burlona, delante de la verja de su casa y justo antes de dejarme paso, me dijo: “Entonces, relájate.”

Ese mismo budista se acabaría convirtiendo con el tiempo en mi maestro espiritual. Pero en esa ocasión, no consideré que eso fuera un consejo, ni una instrucción, ni siquiera una buena idea. Por supuesto, su respuesta no me satisfizo. ¿Cómo iba a satisfacer a una mente envalentonada, enredada en sus propios argumentos, excitada por el reto de la discusión? Justamente, me había dado el antídoto para ese problema, aunque yo no lo concebía como tal, así que tardé todavía un tiempo en darme cuenta que eso era una instrucción de práctica. Y muy útil.

La agitación no se trata de una particularidad exclusiva de mi mente. Desafortunadamente, este no es mal de pocos. Tanto es así que no hace falta ni consolarnos, ya que el problema nos pasa desapercibido. Uno de los escenarios más seguros para que esa revelación se dé es el cojín de meditación.

Que nuestra novia medite, que el mindfulness complete el atractivo de nuestro personaje social ligeramente alternativo, que la ansiedad que nos provoca el jefe nos condene al insomnio…, cualquier motivo es válido para impulsarnos a empezar a meditar, porque finalmente entraremos en contacto con nuestra mente y, así, nos podremos dar cuenta de la necesidad de relajarnos. Veamos qué nos cuenta Allan Wallace, practicante consolidado en calma mental, estudioso y divulgador de la técnica de shamatha (calma mental o mindfulness), respecto al ejercicio de relajarse.

¿Quieres más lucidez? ¡Relájate!

Pues sí, la lucidez tiene como prerrequisito la relajación. Eso nos cuenta Wallace, que nos presenta y hace muy directamente accesibles las enseñanzas de los practicantes clásicos de samatha, referentes del budismo tibetano, como lo es Kamalashila. Para dar algunas pinceladas, nos explica que la primera cualidad de una mente lúcida es, justamente, que esté relajada. Es sobre esa base que podemos desarrollar estabilidad y, finalmente, una comprensión penetrante.

Para hacer hincapié en este fundamento, Wallace insiste en diferentes publicaciones que la meditación, la herramienta paradigmática para ganar lucidez en cualquier ámbito de nuestra vida, pretende madurar una “concentración relajada”. “Concentración relajada”: un auténtico misterio, si no una paradoja, para la mayoría de nosotras, que, o bien fruncimos el ceño, o bien estamos ociosamente distraídas. Sobre todo, tenemos que descartar un estado tenso así que, por contraste, explica:

“Aunque en la práctica de samatha estamos desarrollando concentración, no se logra por la fuerza sino mediante una profunda relajación. No es la estresante ni finalmente agotadora concentración de un piloto de combate, quién, después de horas de maniobras extremadamente complejas, hábiles y exigentes, necesita al menos veinticuatro horas de descanso para recuperarse.”

Así pues, Wallace insiste que lo que estamos buscando es una concentración que no sea “forzada, tensa o dirigida, sino algo que permita que la conciencia descanse en el campo de las sensaciones táctiles, en el ritmo de la inspiración y la espiración”. Evidentemente, la relajación consiste en descansar en el presente y para ello utilizamos su mejor soporte: el cuerpo. En este caso, el énfasis no lo pondremos en las técnicas concretas para relajarnos – que no vamos a reproducir – sino en entender mejor la misión que persiguen: el gesto de descansar.

Una lección fascinante: el esfuerzo de no esforzarse

Creo que a todas las que nos esmeramos en calmar nuestra mente a diario nos puede parecer sorprendente que Allan Wallace relacione la mente discursiva justamente con un esfuerzo: el esfuerzo de rememorar, imaginar, propulsarse hacia otra parte, y de distraerse. ¿Distraerse como esfuerzo? Es, hasta cierto punto, contraintuitivo, dado que normalmente sentimos que la mente se ve pasivamente arrastrada por el discurso, las emociones, los deseos, y demás. Pero este ángulo nos puede ser muy útil para abrazar la meditación y su gran aliada, la relajación, de forma más amable, destacando la oportunidad de descanso que nos brinda, entendiéndola, en palabras de Wallace, como “un gesto de alivio y liberación.”

De ahí sacamos la primera gran lección que hacemos como practicantes de la relajación: la del esfuerzo de no esforzarnos o, mejor, de no poner nada en marcha. Y así nos vemos obligadas a revalorar uno de los conceptos, maneras de estar y de ser, más denostadas en nuestra cultura: la pasividad.

En este sentido, recuerdo una instrucción muy útil en el contexto de un retiro. En medio de varias sesiones de meditación en calma mental seguidas, Lama Norbu, maestro residente de Casa Virupa, nos indicó que dejáramos que el aire “nos respirara”, siendo testigos de un proceso que no teníamos que promover activamente, sino sencillamente observar. Wallace nos ofrece la misma instrucción formulada de forma ligeramente distinta: “No succiones el aire, relájate al inspirar, obsérvalo de forma pasiva, como si el cuerpo “fuera respirado”.”. Estas directrices prácticas reman hacia la misma dirección: invitar a la practicante en cuestión a descansar pasivamente en la experiencia, en tomar como disciplina el hecho de dejar de controlar, dirigir, manipular o forzar lo que sea que esté ocurriendo.

La reconciliación con una actitud pasiva tiene un profundo calado. Por un lado, no es difícil entrever los beneficios de dejar de condicionar nuestro bienestar y tranquilidad al gesto de controlar, dominar, poseer y confrontar la experiencia, emociones y personas que nos encontremos. Pero, por otro lado, ese aparente descanso conlleva sus propios desafíos. Haciéndose eco de ellos, Wallace se pregunta:

“¿podemos prestar mucha atención a algo sin sentir la necesidad casi irreprimible de controlarlo? ¿Está esto relacionado con nuestra necesidad de controlar otras áreas de nuestra vida?”

Como no podría ser de otra manera, la meditación hace de espejo de una dinámica mental muy habitual, una actividad malentendida que bloquea nuestra capacidad de relajarnos bombardeándonos con proyecciones, pensamientos, emociones que perseguir o evitar y, en cualquier caso, controlar. Esa actitud mental tan arraigada incluso puede relacionarse con nuestra capacidad u obstáculos para con una verdadera benevolencia: el sincero interés por algo o alguien sin aprisionarlo. Pero, dejando de lado esta reflexión, este ansia de control va de la mano de otra gran tendencia especialmente común en nuestros tiempos de velocidad e instantaneidad: la impaciencia ante los frutos o la exigencia de resultados inmediatos de cada una de nuestras “inversiones”. Esta dinámica nos ciega ante los procesos y tiempos de todo lo que tiene que madurar, de todos los aprendizajes profundos que realmente nos pueden transformar y traer alegría y serenidad a largo plazo, porque nos hace analfabetas ante todo lo que requiere paciencia, ternura, constancia y cuidado. Y nuestra mente está entre esas cosas.

Evidente, pero no tanto: un punto de partida

Hasta ahora, hemos hablado de hacer espacio a cierta reconciliación, descanso, a generar la sensación de que se está bien donde se está, sin necesidad de estar forzando el entorno, acumulando experiencias o persiguiendo metas. Pero este mensaje requiere alguna aclaración.

Recuperaré la advertencia que nos hacía Lama Norbu a las estudiantes de un grupo de estudios. Disfrutando de los versos de la obra más conocida del maestro indio Shantideva, nos topamos con unas estrofas en las cuales se hace hincapié en la virtud de la paciencia, que reúne – y excede – mucho de lo que hemos estado comentando. La relajación consiste en sostener nuestro estado mental sin querer cambiar nada sino darnos un respiro, poder encontrar un punto de refugio y de descanso en nuestra experiencia física presente, disfrutar de la conciencia de la relajación deliberada que refresca nuestro cuerpo y nuestra mente. La paciencia riza el rizo sosteniendo las adversidades y complicaciones tanto de nuestra situación como de nuestro estado interno sin reaccionar; por lo tanto, con una disciplinada pasividad. Sin embargo, Lama Norbu nos advertía que ese gesto se aplica cuando ya estamos comprometidas con el camino espiritual, cuando hemos reconocido honestamente aquellos hábitos que queremos cambiar para beneficiarnos a nosotras y a las demás y cuando, por supuesto, hemos tenido suficiente coraje para escoger condiciones externas – trabajo, amistades, etc – que nos permitan ahondar en nuestra práctica de transformación. Es sobre ese coraje y determinación que recurrimos a la virtud de la paciencia, pues por comprometidas que estemos con la práctica, los cambios no se van a producir de un día para otro y, para no frustrarnos, necesitamos observar, pasiva y confiadamente, los procesos que vamos atravesando. Si, equivocadamente, invocamos este compromiso con la pasividad, el descanso y el contentamiento antes de tiempo, podemos caer en acomodarnos en las dinámicas de siempre: en las fricciones con la pareja que hacen que vayamos menos de lo que querríamos a nuestro centro de Dharma; en la incomodidad de la incoherencia de tus prioridades y tus aspiraciones…, sin cambiar nada. Por supuesto, todo eso nos tiene que incomodar, ¡tiene que despertarnos! Y, una vez hemos puesto algo en marcha, hemos plantado y cultivado un campo, entonces tiene todo el sentido del mundo acompañar ese crecimiento con una actitud relajada y constante.

Así pues, todas esas recomendaciones se pueden hacer tranquilamente a quien ya está comprometida con un camino de desarrollo espiritual o personal; es decir, con alguien que ya sabe que hay algo interno que no funciona y que ha decidido ponerse manos a la obra. Pero para remediar nuestro apego, nuestra irritación, nuestra indiferencia…, el primer antídoto pasa por dejar de problematizar más y más, dejar de enredarnos en nuestros hábitos mentales: debemos relajarnos, volver al cuerpo, y simplificar nuestra experiencia.

La relajación es, en definitiva, un punto de partida; para nada es un punto de llegada. Eso puede tranquilizar a las que sean ambiciosas respecto al camino espiritual o, sin ir más lejos, a cualquiera suficientemente cuerda como para no caer en la ingenuidad de creer que espirando profundamente se desvanece toda nuestra torpeza, toda nuestra avaricia, todos nuestros celos o toda nuestra amnesia de la muerte. Porque, seamos realistas: ¿qué servicio queremos hacer, qué marca de la existencia pretendemos comprender, qué transformación integral aspiramos lograr, con una mente abarrotada, divagante y ansiosa? Relajarse se convierte en la primera de las disciplinas, en la más sensata de las apuestas, que despeja el campo de nuestra mente para que podamos trabajar con ella y recoger sus frutos.

Bibliografía consultada:

Wallace, Alan (2018). Los cuatro pensamientos inconmensurables. Prácticas para abrir el corazón. Editorial Eleftheria. Sitges.
Wallace, Alan (2018). Soñar que estás despierto. El sueño lúcido y el yoga tibetano de los sueños para la visión y la transformación. Ediciones Dharma. Alicante.



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